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jueves, 12 de febrero de 2015

COMPÁS DE ESPERA

Hola a todos.
He querido compartir con vosotros en este blog este relato corto.
Es un relato más bien de corte dramático y transcurre en Londres durante la década de 1960.
Se titula Compás de espera. 
Deseo de corazón que os guste.

                              Él no estaba destinado a ella.
            Phoebe siempre lo supo.
            Siempre intuyó que Gabriel jamás sería para ella. De quien estaba realmente enamorado aquel joven era de su hermana pequeña, Lara.
-Sé que tú y yo estamos hechos el uno para el otro-le dijo una tarde Phoebe, en un arrebato.
            Estaban en el jardín de la casa de ella.
            Gabriel tenía treinta y algunos años. Quizás se acercaba más a la cuarentena. Él se quedó mirándola perplejo.
-No sé lo que quieres decirme…-balbuceó.
-No estás enamorado de mi hermana-afirmó Phoebe-Estás enamorado de mí.
-Phoebe, no sé lo que piensas, pero no estoy enamorado de ti. Yo a quien quiero es a Lara. Jamás te he dado ilusiones. Te tengo mucho cariño. Pero no te amo.
-¡Yo sé que me amas! ¡No trates de negarlo!
            Sin embargo, mientras se paseaba por la habitación, Phoebe había llegado a la conclusión de que todo aquello iba a pasar muy pronto.
            Gabriel podía desear a Phoebe. Pero necesitaba una esposa virtuosa.
Pero no le dio tiempo. Era un oficial del Ejército británico. Tenía el rango de teniente. Gabriel había muerto el año anterior en combate.
            ¿Cómo se le ocurrió pedir que se le destinara a Vietnam?
            Había muerto durante un combate en Hanoi.
            Phoebe encendió un cigarrillo.
            Los aristócratas estaban de capa caída.
            Debían de ser expuestos en el Museo Británico. Los sombreros que lucía su madre eran propios para asistir a las carreras de Ascot.
            Se metía con ella.
            Phoebe se atrevía a ponerse minifalda. Phoebe llevaba el pelo muy corto. Phoebe salía por las noches.
            Escuchaba a aquel grupo de melenudos, como los llamaba su madre. A los Beatles.
           
Estaban en el salón.
            Phoebe no dejaba de dar vueltas de un lado a otro. Lady Layton observó la figura de su hija, cada vez más pálida y delgada. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
            Phoebe maldijo la cojera que sufría desde que era una niña, cuando sus padres se percataron de que había nacido con una pierna más larga que la otra y trataron de encerrarla para que no saliera. Pero Phoebe era muy salvaje. Necesitaba salir a la calle y sentir la luz del Sol en la cara y el viento azotando su largo cabello. En la época en la que lo llevaba largo. Una vez, fue a la peluquería. Cuando salió, su pelo estaba más corto que el de un muchacho. Su madre se escandalizó al verla así. Pero eso no le importaba a Phoebe. No se parecía en aquel aspecto a Lara, la cual parecía disfrutar mucho viviendo encerrada en el interior de su casa y sin querer salir a la calle.
-Eres muy joven, Lara-insistió Phoebe-Tienes que salir. Tienes que divertirte. Yo quiero que seas feliz.
-Pero soy feliz estando aquí contigo, hermanita-le sonrió la muchacha-Me gusta estar contigo.
            Lady Layton no sabía que hacer con su hija mayor. Quería mucho a Phoebe. Pero era demasiado diferente que el resto del clan. Lady Layton la admiraba por ello. Su hija había aprendido a convivir con su cojera y parecía haberse resignado a ella, si bien no dejaba de meterse en líos. Era inquieta por naturaleza. Lady Layton veía en Phoebe resquicios de la joven que un día ella fue hasta que se casó obligada por su familia. Quería a su marido. Pero no lo amaba.
-¿Por qué seguís haciendo eso?-les espetó Phoebe a lady Layton y a Lara-Sabéis muy bien que no me voy a casar. Me quedaré a vestir Santos. Además…No creo que viva mucho. Ya se sabe lo que se dice. Hay que vivir deprisa y dejar un bonito cadáver. Yo me limito a hacer eso mismo. Vivir deprisa. Pero no creo que vaya a dejar un bonito cadáver.
-¡Jesús bendito!-se horrorizó Lara-¡No digas eso ni en broma!-Se santiguó-Eso no lo dice una persona que está en su sano juicio.
-Has sufrido unos cuantos mareos sin importancia, cariño-apuntó lady Layton-Eso significa que no comes lo que tienes que comer. Tienes que cuidarte más, Phoebe.
-¡Estoy bien! Pero…
-El médico dice muchas tonterías-la interrumpió lady Layton-No tienes que hacerle caso. Yo sé que te casarás algún día y que tendrás muchos hijos.
            Phoebe se sentía cada día que pasaba más débil y cansada. Los médicos le habían comentado a sus padres que estaba muy enferma. Leucemia, dijo un médico. Su hija sufre leucemia, milord. Pero lord Layton no quiso ni pensar en eso. ¿Cómo podía la vital Phoebe sufrir esa enfermedad?
-Come mucho-dijo lady Layton-No hagas tonterías. Y duerme las horas necesarias. Y estarás como nueva en unos días.
            Lara tenía la vista fija en el bordado.
            Tanto ella como su madre estaban bordando unas sábanas que formarían parte del ajuar de bodas de Phoebe. Ya no se llevaban los ajuares de boda. Fue un capricho de lady Layton. La mujer sentía que no sólo se le acababa el tiempo a su hija. Se le acababa el tiempo a ella. A los aristócratas…¡Wilson Primer Ministro! ¡Un laborista! El mundo que conocía había desaparecido. Estaba desapareciendo. Les resultaba difícil creer que su querida hermana pudiera morirse. Pero los médicos decían que la enfermedad que sufría la estaba matando poco a poco.
            Muchas noches, Lara se quedaba hasta muy tarde pidiéndole a Dios por su hermana. ¡Phoebe no podía morir!, pensaba Lara. ¡No podía perder a su hermana! ¡No podía quedarse sin ella! Los condes de Layton, así como sus hijas, eran católicos devotos y practicantes y destacaban por su fervor religioso; era frecuente ver a los condes y a sus hijas salir detrás del trono en una procesión de Semana Santa.
            Lara creía que la fe podía salvar a Phoebe. Pero el párroco de la zona le había dicho que había que acatar los designios de Dios. Quizás Dios había estado pensando en llamar ya a Phoebe para que estuviera a Su Lado. Cuando se lo contó a Lara, la muchacha estalló en sollozos. No concebía la vida sin tener a su preciosa y alocada hermana mayor a su lado.
-No entiendo el porqué Dios quiere llevarse tan pronto a Phoebe-sollozó Lara-Todavía no ha tenido novio. Nunca se ha enamorado. Tiene derecho a ser feliz. ¡Yo quiero que sea feliz! ¿Por qué se la tiene que llevar Dios con Él? No lo entiendo, padre.
-Tu hermana es una Elegida-contestó el párroco-Dios quiere que esté a Su Lado porque su tiempo en la vida ha sido más corto que el de mucha gente. Sólo te queda rezar para que ella no sufra mucho.
-Se está consumiendo poco a poco, padre.
-Créeme. Yo también rezo por ella. 
-¡Perdóneme, padre! Pero no quiero que Phoebe se muera.
-Tienes que ser muy fuerte, hija mía. Tu hermana no querrá verte triste. Tienes que ser fuerte cuando estés con ella.
            Phoebe no se daba cuenta de la preocupación que irradiaba los ojos de Lara cada vez que la miraba. Tú y yo somos como la noche y el día, pensó Phoebe. Le resultaba increíble pensar que, con lo diferentes que eran, pudieran ser hermanas.            En aquel momento, Lara se distrajo y se pinchó con la aguja en un dedo.
-¡Ay!-se quejó la muchacha-¡Me he pinchado! Me sale sangre.
-Pide enseguida un deseo-le aconsejó lady Layton-Es lo que tienes que hacer cuando te pinchas. Pedir un deseo. Se hará enseguida realidad si sale una gotita de sangre.
-Ya he pedido el deseo, mamá. Pero no quiero que la sábana se manche de sangre. Me gusta mucho este color. Es blanco. Ya he terminado de bordar la P. de Phoebe.
            Dejó a un lado su labor y se inclinó para coger la taza de chocolate que tenía encima de la mesita. Bebió un sorbo de chocolate.
            Phoebe sospechaba que algo raro le pasaba cuando oyó a su madre mencionar su nombre una noche cuando estaba rezando el rosario en la casa de una vecina.
-Señor-dijo lady Layton-Pedimos también por mi hija mayor, Phoebe. Ella necesita que Tú la cures. Queremos que la salves. Aún es muy pronto. No puedes llamarla para que esté a Tu Lado. Aún es una niña.
            Phoebe se fijó en que los ojos de su madre estaban húmedos mientras bordaba la P en la sábana.
-Madre-le dijo-¿Estás bien? Estás llorando.
            Estaban emitiendo un programa de música en la radio. A Phoebe le gustaban los nuevos ritmos que sonaban en la radio. Ritmos nuevos y extranjeros como el tango, que estaba causando furor en muchos sitios. El tango era argentino. Phoebe soñaba con bailar un tango con Gabriel.
-Y todo a media luz-canturreó la joven-Crepúsculo interior.
-A media luz los besos-prosiguió lady Layton-A media luz los dos.
-Podríais cantar con Carlos Gardel-sonrió Meredith.
            Phoebe quería aprender a bailar el tango. De momento, su pareja de baile era Lara, la cual bailaba muy bien el vals, pero no sabía bailar el tango. Las dos eran muy torpes cuando intentaban bailar un tango de Carlos Gardel. Phoebe se había comprado un disco suyo y lo ponía una y otra vez en la gramola. Le había contagiado su pasión por este ritmo argentino lleno de sentimiento a Lara.
            Aún conservaban la vieja gramola. Había sido propiedad del abuelo de las hermanas.
            La radio estaba apagada. Lady Layton no soportaba poner la radio.
            ¿Para qué ponerla? Sólo hablaban de lo mismo. Se escuchaba la música de aquellos melenudos, como solía decir. Tenían una televisión. ¿De qué servía ver la televisión? Vería las noticias y vería lo que estaba pasando lejos de allí. Sin embargo, muchos británicos protestaban. Sentían la guerra de Vietnam como algo muy cercano a ellos.
            Phoebe se puso a bailar ella sola.
            Ver a Phoebe bailar el tango sola fue una imagen dura para Lara. Había mucha tristeza en los ojos de su hermana. Mucho dolor en sus ojos…
            Phoebe era consciente de que se estaba muriendo. Una parte de ella se resistía a morir. Pero otra parte de ella había asumido que su hora había llegado.
            Y ella no quería irse. 

viernes, 23 de enero de 2015

MI FANFIC DE "SOMBRA Y ESTRELLA"

Hola a todos.
Hace algún tiempo que leí la que muchos consideran una de las mejores novelas de Laura Kinsale, Sombra y estrella. 
Aún a riesgo de ser criticada, me pareció que Samuel, el protagonista, debió de haber terminado con lady Kai, la hija de sus protectores, en vez de con Leda. Personalmente, hasta muy el final, no se veía a Samuel muy enamorado de Leda que digamos. Existía un deseo físico hacia ella, pero no le vi demasiado enamorado. Entre él y Leda no se establecía ninguna señal de confianza. No le veía demasiado cariño. No le veía química. En cambio, con lady Kai sí que le veía mucha química.
Mi mayor deseo es ponerme en cuanto pueda a escribir un fanfic de esta novela. Es algo que tengo en mente desde hace tiempo, pero no me animaba a escribirlo.
Aquí os dejo con el argumento.
En una isla de Hawai, a finales del siglo XIX, viven los marqueses de Ashland en compañía de sus dos hijos, Robert y Catherine, a la que todos llaman cariñosamente Kai. Samuel, el protegido de los marqueses, ha contraído matrimonio con la joven Leda Etoile. Kai, por su parte, tiene un brillante porvenir. Tras adoptar al pequeño Tommy, va a casarse con su prometido, el gallardo lord Hale. Sin embargo, la desgracia se ceba sobre ella cuando Tommy fallece inesperadamente y lord Hale decide romper el compromiso. El matrimonio de Samuel y Leda empieza a ir mal debido a la falta de hijos. Samuel busca consuelo en la que él considera como una hermana pequeña, Kai. Sin embargo, un beso entre ambos lo cambiará todo.
Vienen de mundos distintos. Y Samuel es un hombre casado.
¿Tendrá futuro su relación?
Y así es como me imagino yo a esta sufrida pareja:

domingo, 31 de agosto de 2014

ESCENA DE MI NOVELA

Hola a todos.
Hoy, me gustaría compartir con vosotros un fragmento de una de mis novelas.
Les falta corregirla y también le falta ponerle un título.
Os he hablado en una entrada anterior de ella. La considero como la versión decimonónica de las Cincuenta sombras de Grey. 
¡Y es que James, el protagonista, se las trae!
Vamos a ver lo que ocurre en este fragmento.

                                    Olivia tiene la fiebre muy alta. Mi madre, mis hermanas y yo nos esforzamos en hacer lo imposible para que le baje la fiebre.
-¿Cuándo va a venir este hombre?-pregunta mi madre, haciendo referencia a James-¿Por qué no ha llegado?
-Hester está delante, madre-responde Eileen.
                                    Caitlin pasa pasos empapados en agua por la frente ardiente de Olivia. La oigo murmurar algo.
                                    A pesar de todo, pienso, echa de menos a James. Después de todo, es su hermano. La oigo llamar en su delirio a Annie. La oigo llamar en su delirio a sus otros hermanos. Pero también pronuncia en voz alta el nombre de James.
                                  Dice que quiere darle un abrazo.
                                  Mi madre tiene miedo de que algo horrible le haya pasado a James durante el trayecto hasta nuestra casa. Observo cómo Bree prefiere mantener la boca cerrada.

domingo, 17 de agosto de 2014

EL CAPITÁN Y LA ANIMADORA

Hola a todos.
Este relato lo escribí para celebrar la festividad de San Valentín.
Es uno de los pocos relatos contemporáneos que he escrito. Es muy corto. No puedo escribir más de diez páginas de relato contemporáneo. Es algo que he tenido que asumir.
Se llama El capitán y la animadora. 
Es bastante romántico.
Deseo de corazón que os guste.

EL CAPITÁN Y LA ANIMADORA

             Esta historia comienza un 14 de febrero del año 2. 013 en un lugar de Nueva York.
            No se había dado cuenta de la fecha que era.
            Joan Darren tenía la vista fija en la pantalla de su ordenador.
            Su trabajo era su vida. Tenía treinta años. Vivía sola. A decir verdad, siempre estaba sola.
            El tiempo había pasado rápidamente y ella estaba ocupada trabajando. Su trabajo era lo que le permitía vivir el día, a pesar de que ella echaba en falta algo. El ambiente en su oficina aquel año no había sido precisamente romántico. ¿De qué sirve enamorarse?, pensó. Sólo se sufre.
            Una de sus compañeras acudió a su mesa llorando histérica por la mañana. A punto de contraer matrimonio con su prometido, había decidido romper con él.
-¿Qué ha pasado?-quiso saber Joan.
-¡El muy cabrón me ha engañado!-contestó la joven, al menos, cinco años menor que Joan-Se fue a Las Vegas de fin de semana para festejar su despedida de soltero. ¡Y me ha sido infiel con una golfa!
-¿Cómo te has enterado?
            Por lo visto, el muy hijo de puta había regresado con una enfermedad venérea de Las Vegas. Y se la había pegado.
-¡Ésta me la paga!-juró-¡Lo juro por mi madre que me la paga!
            Estaba realmente furiosa.
            Había una oleada de rupturas y de divorcios en la empresa. Joan casi se alegraba de no haberse casado todavía. Su jefe estaba sumido en un agrio proceso de divorcio. Dos compañeros suyos se habían divorciado. El amor eterno no existía en el mundo en el que vivía Joan.
            Los buenos momentos desaparecían apagados por la oscuridad y por la amargura que toda ruptura traía consigo.
            Joan se sintió muy sola porque, a pesar de todo lo que estaba viviendo, deseaba creer que el amor existía. Hay un hombre allí fuera esperándote, le había dicho su difunta abuela. Cuando te encuentre, no te dejará escapar.
            Pero aquel día, aún siendo el Día de los Enamorados, Joan no tenía ganas de pensar en cosas románticas. Ya no recordaba cuándo fue la última vez que tuvo una cita con un hombre. Vivía sola y apenas tenía contacto con su familia, con excepción de Navidad y del Día de Acción de Gracias. 
            Tenía dos hermanos mayores y tres hermanas menores. Sus hermanos mayores estaban atravesando severas crisis conyugales. Su hermana pequeña había empezado a ir a la Universidad. Eso sería motivo de alegría de no ser porque había roto con su novio del instituto.
            Y, encima, hacía unos días, su madre la llamó dándole una noticia inesperada para ella. Se divorciaba de su padre, tras casi cuarenta años de matrimonio. En un primer momento, Joan pensó que se trataba de una broma, pero no era así.
-Hay otra mujer en la vida de tu padre desde hace cuatro años-le confesó su madre-La quiere y quiere vivir con ella.
-¡No puedes estar hablando en serio!-se escandalizó Joan, quien se enteró de la noticia mientras iba conduciendo.
            Por suerte, tenía conectado el manos libres. Sin embargo, la noticia la impactó muchísimo. Cierto era que sus padres, al menos, desde que ella se marchó a la Universidad, habían dejado de ser un matrimonio amoroso. Discutían, pero Joan creía que aquellas discusiones formaban parte de la rutina de una pareja cuando llevaban tantos años juntos.
            Por lo visto, estaba equivocada.
-Hay otra cosa más que debes saber-añadió su madre.
-Me estás empezando a asustar-afirmó Joan.
-Hay otro hombre en mi vida. Llevamos viéndonos desde hace un año. Nos queremos.
            De pronto, la visión que tenía de la vida de su familia era un miserable engaño. Joan se sintió aún más sola. Sus padres habían iniciado los trámites de divorcio. Sus abuelos, por suerte, hacía años que habían muerto y no podían escandalizarse.
            Pasaron por su cabeza momentos de su niñez. En aquella época, cuando se celebraban barbacoas en el jardín de su casa en Avon, mientras jugaba con sus hermanos y con los hijos de sus vecinos, Joan había sido una niña feliz que confiaba ciegamente en la bondad que creía que imperaba en el mundo. Al llegar a la adolescencia, se convirtió en una chica romántica. Su primera vez fue en el interior del coche del padre de su novio de aquella época, Ian. Él también era virgen. Se mostró bastante torpe. La besaba metiéndole demasiado la lengua. Pero eso no le importó mucho a Joan. Lo amaba de verdad.
            Fue Ian el primer chico que la besó en los labios. Poco a poco, Ian fue aprendiendo a besarla y a acariciarla como debía.
            Fue una relación prototípica. Iban juntos al cine. Salían a tomar algo. Ella animaba los partidos de rugby.
            El capitán y la animadora, pensó con cierta nostalgia.
            Al verla en la actualidad, nadie habría dicho que hubiese sido una animadora.
            Vestía de manera adecuada con el trabajo que desempeñaba. Entró en el equipo de animadoras incitada por su mejor amiga, quien era la capitana.
            Joan superó las pruebas. Por aquel entonces, era una chica a la que le gustaba vestir a la moda. Algo coqueta…Tenía la sensación de que habían pasado siglos desde aquella época. Era una adolescente. Su mayor preocupación era tener un plan para el fin de semana. Cualquier cosa le valía, excepto quedarse en casa. Ir a dormir a la casa de alguna amiga. Salir con chicos.
            O, incluso, ir a ensayar con el equipo.
            Joan era buena animando. Y eso atrajo la atención del capitán del equipo de rugby.
            Sabía que a él se le iban los ojos tras ellas cuando lucía el uniforme de animadora. Tenía la sensación de que habían pasado siglos desde aquella época.
            Eran otros tiempos y, muy a su pesar, Joan los echaba de menos. Echaba de menos el estar acompañada por sus padres y por sus hermanos. Su época de adolescente…Cuando al mirarse en el espejo y encontrar que tenía un grano en la mejilla era motivo de tragedia.
            Recordaba su habitación. Siempre estaba desordenada. Su madre la regañaba por ello. Joan le decía que no era una habitación desordenada. Simplemente, la tenía a su gusto. Nada más…Su apartamento era de estilo minimalista. Menos cosas que desordenar y que ordenar. Menos problemas…
            Las personas que vivían en Avon, al menos, hasta donde Joan recordaba, eran hospitalarias. Se preocupaban por el prójimo. Su madre hacía tartas que llevaba a las vecinas cuando iba a visitarlas porque las encontraba un poco tristes.
-¿Quieres que te acompañe?-se ofrecía Joan.
-De acuerdo…-contestaba su madre-Le agradará verte.
-¿Qué le pasa?
            Entonces, Joan creía que su madre obraba de aquel modo por amabilidad, aunque no tardó en descubrir que lo que quería era cotillear.
            Por aquella época, Ian empezó a acercarse a ella, no sólo en los entrenamientos. También se le acercaba en los pasillos del instituto. Una vez, al abrir su taquilla, Joan se encontró con una rosa roja y fresca y con una nota llena de frases bonitas que la conmovieron. Ian fue el autor de aquella nota. Y había sido quien le dejó la rosa dentro de su taquilla.
            Ella fue a buscarle cuando se dirigía a entrenar.
-¿Por qué lo has hecho?-quiso saber.
-Quería hacerlo-contestó Ian.
            A pesar de que era el chico más popular de todo el instituto, Ian era bastante tímido.
-Me gustas mucho-le confesó a Joan.
            Al día siguiente, Ian se sentó al lado de Joan en el comedor, a la hora del almuerzo. Las amigas de la chica no paraban de darse codazos las unas a las otras. Indicaban entre ellas el interés que había despertado Joan en el capitán del equipo de rugby.
            Joan se sintió halagada.
-¿Te molesta que me haya sentado contigo?-le preguntó Ian.
            Joan sorbió con una pajita su zumo de sirope de fresa. Negó moviendo la cabeza. Se sentía casi como en un sueño. Pero los sueños podían darse de bruces con la realidad.
-¿Por qué te has sentado conmigo?-le preguntó Joan.
-Te lo dije ayer-respondió Ian-Me gustas mucho, Joan.
-¿Qué quieres decir?
-Que me gustaría salir contigo.
-¿Salir conmigo?
            A través de los cristales de la ventana de su despacho, Joan observó cómo empezaba a caer una fina lluvia que mojaba el suelo. Estaba en el último piso. Debería de haber vuelto ya a su casa.
            Todavía quedaban algunos compañeros suyos ocupados en hacer sus trabajos en sus ordenadores. Ninguno de ellos tenía demasiada prisa en regresar a casa. Unas casas vacías…
            Eran el mudo testimonio de lo que se estaba viviendo en la empresa. El desamor…Joan tragó saliva porque era testigo indirecto de cómo las relaciones amorosas y los matrimonios de sus compañeros y de su familia se estaban yendo a la porra. ¿Acaso el amor servía sólo para hacer sufrir a los demás?, se preguntó Joan. De ser así, no quería seguir indagando en aquel tema.
            Miró su mesa. Se sintió cansada.
            Su mesa estaba repleta de documentos que se amontonaban unos encima de otros. Trabajaba como redactora en aquel sitio desde hacía años. En un primer momento, había empezado amando su trabajo porque le permitía escribir acerca del mundo de la moda. Poco a poco, Joan se estaba desencantado con la vida y también se estaba desencantando con el amor.
            No era ninguna solitaria. Pero era cierto que tenía pocos amigos. Su vida era su trabajo. Apenas salía de su casa. Sus compañeros de trabajo la consideraban una joven muy atractiva. Pero ella no parecía estar interesada en ninguno de ellos. Se pasaba las horas muertas sentada ante su ordenador. Su vida era trabajar durante horas. Joan había tenido fama de aburrida. Sin embargo, en los últimos tiempos, parecía tener fama de sensata. Después de todo, era la única que parecía escapar de la epidemia que estaba sufriendo la oficina. Divorcios…Rupturas…
            Echaba de menos a su familia, pero también agradecía el no vivir cerca de sus padres para no recordar que su matrimonio se había venido abajo.
            Siendo sinceros, Joan se había vuelto un tanto cínica a raíz de aquella ruptura amorosa. El problema era que no quería saber nada del amor. Creía que había amado cuando era una adolescente idealista. Incluso…Seguía pensando que su primer amor había sido el de verdad.
            Su compañera acudió a verla a media tarde llorando.
-¡Quiere que le devuelva el anillo de compromiso!-le contó furiosa.
-Pues devuélveselo-le sugirió Joan.
-¡Pero es mío!
-Si no quieres saber nada de ese tío, devuélvele el anillo.
-¿Tú lo has visto? ¡Es de oro auténtico! Además, seguro que se lo dará a la guarra con la que me engañó.
            Su padre la había llamado por la mañana temprano.
            Ya vivía con su amante. Decía que había llegado el momento de presentársela. Pero Joan no estaba muy segura de querer conocerla.
            En una época no muy lejana, el trabajo había absorbido por completo su vida y la había hecho sentirse menos sola. Había estado con varios hombres, pero todas sus relaciones habían terminado siendo un completo fracaso.
            En otro tiempo, habría mirado con envidia las relaciones de sus compañeros. Todos ellos presumían de tener sólidos matrimonios. Incluso, su compañera que había roto con su novio había estado presumiendo de él hasta no hacía mucho. Pero él se largó a pasar un fin de semana de juerga en Las Vegas. Y terminó donde no debió de haber terminado nunca.
            Su compañera estaba enferma. Por suerte, se curaría porque el médico le había recetado una pomada. No era sólo la enfermedad. Era la humillación que había sufrido.
            Debían de ser casi las diez de la noche. La pantalla de su ordenador reflejaba la hora que era. Decidió que era el momento de regresar a casa. ¿Qué voy a cenar?, pensó Joan. No tenía preparado nada.
            Decidió pedir una pizza.
            Se sentaría a ver la tele mientras daba cuenta de su pizza con anchoas, que tanto le gustaba. El programa de Ellen era aquella noche. Si llegaba con tiempo, podría ver el final. Después, se iría a la cama y trataría de conciliar el sueño sin pensar en nada.
            Apagó su ordenador y se puso de pie tras haber dado a Guardar. Una compañera, una chica muy joven que había entrado a trabajar como becaria, alzó la vista. Joan se puso el abrigo. Buscó su bolso y se lo colgó del hombro. La chica se despidió de ella con un gesto. Los demás seguían trabajando.
            Triste San Valentín, pensó Joan. No hay alegría. No hay nada.
            Había otras personas que se dirigían al ascensor. Entraron junto con Joan. Fue un momento lleno de silencio en el que ninguna de las personas que se encontraban dentro del  ascensor. Joan se colocó en un rincón. Por lo visto, no era la única que se dedicaba a trabajar hasta muy tarde en aquel día que se suponía que debía de ser romántico y alegre.
            Hacía mucho frío cuando salió a la calle. Joan se arrepintió de no haberse traído los guantes mientras se rodeaba el cuello con su bufanda de lana. Se sorprendió al ver el bullicio normal en un día normal en la ciudad. Los coches que se pitaban los unos a los otros.
            Y, encima, su coche estaba roto. Por suerte, no vivía muy lejos. Pensó que era una estupidez ir al trabajo en coche cuando se está tan cerca. Pero su hermano mayor decía que, para vivir en Nueva York, necesitaba un coche.
            Joan no tenía muchas ganas de regresar a su casa. En ocasiones, sentía cómo la soledad la vencía. Luego, veía los problemas que tenían sus compañeros. Si se enamoraba, ¿acabaría sufriendo a consecuencia de una ruptura? Un divorcio… ¿Acaso podía ser capaz de enfrentarse a un divorcio?
            La gente iba y venía a su alrededor. Estuvo a punto de tropezar con una prostituta ya entrada en años que caminaba tambaleándose, borracha ya. Las luces de neón la deslumbraron. Anunciaban cualquier cosa.
            Se encontró con un mendigo que se acurrucaba en una esquina cubierto apenas por unas mantas. Joan abrió su bolso. Le dio cinco dólares. No llevaba mucho dinero suelto aquella noche.
            Había un cine abierto. Joan no quiso ni acercarse a ver cuál era la cartelera. Posiblemente, se trataba de alguna película romántica. Una comedia romántica donde el chico, al final, terminaba con la chica. No quería sufrir una indigestión por tomar tanto azúcar.
            Se dirigió a un paso de cebra. Se fijó en el semáforo. Cruzó la calle en cuanto el semáforo se puso en verdad. Tenía mucho frío. Aceleró el paso. Ya queda menos para llegar a casa y poder olvidarme de este día, pensó Joan. Del interior de una casa se oyó el sonido de una fuerte discusión. Joan se apartó porque cayó del interior de la casa un objeto. Una plancha…Oyó también otra discusión muy subida de tono.
            ¿Cómo puede la gente discutir en un día como lo es el Día de los Enamorados?, habría preguntado su abuela escandalizada de haber estado viva y de haber estado con Joan en aquel momento. Según su abuela, las personas no debían de discutir. Debían de solucionar sus problemas hablando de manera serena. Exponiendo sus puntos de vista, pero sin exasperarse.
            Los ojos de Joan se llenaron de lágrimas. No voy a llorar, pensó. No quería llorar.
            No sabía bien por dónde iba porque tenía la mente puesta en otra parte, de modo que Joan no se dio cuenta de que iba a tropezar con un hombre que también caminaba con gesto pensativo.
-Joan Darren…-oyó decir al hombre.
-¿Cómo dice?-se extrañó ella.
-¿No te acuerdas de mí?
-¿Quién eres? Me suena mucho tu cara.
-Soy Ian Thorpe. ¿Te acuerdas de mí? Crecimos juntos en el mismo barrio de Avon. No éramos vecinos. Pero nos veíamos todos los días. Fuimos juntos al colegio. Y al instituto…
            La mente de Joan empezó a retroceder hacia atrás en el tiempo mientras luchaba contra los recuerdos que empezaron a agolparse en su cabeza contra su voluntad. Ian Thorpe…
            Su mirada se encontró con la mirada de aquel hombre que le hacía volver a una época de su vida en la que había sido feliz. Él parecía estar contento de volver a verla. Le cogió las manos. Entonces, Joan lo recordó todo.
-Yo te conozco-dijo-Te conozco muy bien.
-Nos sentábamos juntos en clase-le recordó él-Te gustaba vestir a la moda. Escuchabas a los Backstreet Boys. Estabas locamente enamorada de Nick Carter. Y yo…¡Lo odiaba!
-Aún me siguen gustando los Backstreet Boys. Quizás…Ya no esté tan enamorada de Nick Carter. Pero…
            Los ojos de Ian brillaron.  Esbozó una sonrisa dulce y su rostro se iluminó al mirar a Joan. Él también lo había pasado mal en la vida. Y sentía que podía tener una segunda oportunidad.
-¡Eres Ian!-exclamó Joan-¡Eres Ian Thorpe! ¡Por supuesto que me acuerdo de ti!
-No nos hemos vuelto a ver desde que nos graduamos-dijo el hombre-Y tengo la sensación de que han pasado siglos desde entonces. Pero…Cuéntame. ¿Qué es de tu vida? ¿Te has casado?
-Sigo soltera-contestó Joan.
            Ian no había sido sólo su mejor amigo en el colegio. Su relación cambió cuando ambos llegaron a la adolescencia. La amistad que se profesaron de pequeños se convirtió en amor. Sin embargo, rompieron su relación cuando se graduaron porque sentían que no era lo suficientemente sólida como para soportar la distancia.
            Habían sido admitidos en Universidades distintas. Joan y Ian fueron demasiado inmaduros como para no intentar apostar por aquella relación. No se habían vuelto a ver desde el día de su graduación. Habían roto la noche antes. Joan recordaba con nostalgia su adolescencia. Había sido feliz. Se escribían. Solían llamarse por teléfono. Pero, un día, dejaron de hacerlo.
            Ian había cambiado. Joan lo examinó de reojo mientras se preguntaba una y otra vez el porqué tuvo que romper con él. Su cabello seguía siendo del mismo color castaño oscuro que siempre. Se le veía más fuerte y más hombre y Joan recordó que había sido capitán del equipo de rugby del instituto. Ella era animadora por aquella época. El capitán y la animadora…
            Joan se preguntó qué habrían sido de los empollones de su clase. Estarán todos casados, pensó.
            No estarán pasando solos esta noche. Y yo estoy sola. Y en el país de los divorcios y de las rupturas…
            Ian no paraba de hablar y no sabía a ciencia cierta lo que estaba diciendo porque era incapaz de dejar de mirar a Joan. Tenía las mejillas encendidas por el frío de febrero, a pesar de que la marmota Phil había pronosticado el final del invierno. ¿Qué sabía una marmota de las estaciones? Pero Joan estaba guapísima.
            Le dio un beso en la mejilla. Joan también le besó en la mejilla.
-Tienes que contarme lo que ha sido de tu vida todo este tiempo-insistió Ian.
            Joan escuchó los latidos acelerados de su corazón y Ian se preguntó si ella estaba contenta de verle. A lo mejor, se había casado.
-No hay mucho que contar-se sinceró Joan.
-Me resisto a creer que no te hayas casado porque estás mucho más guapa que cuando animabas los partidos-sonrió Ian-Vamos a tomar algo. Así, nos ponemos al día.
            Joan pensó que todo estaba ocurriendo demasiado deprisa y se obligó así misma a seguir a Ian. Él lo recordaba todo de ella. Lo guapa que estaba con su uniforme de animadora. El entusiasmo que le ponía a todo lo que hacía. Su carácter extrovertido…
            Todos los restaurantes estaban abarrotados de gente. Decidieron parar en un puesto de perritos calientes. Ian compró un perrito para él y un perrito para Joan y ambos empezaron a caminar mientras daban cuenta de ellos. Era una forma un tanto atípica de celebrar San Valentín.
-Me he divorciado-le contó Ian a Joan-Me casé al poco de terminar la carrera. Fue un error.
            No paraba de hablar. Le contó cómo su matrimonio se fue a pique en cuestión de poco tiempo. Joan le escuchaba atónita, ya que ver de nuevo a Ian había supuesto para ella algo inesperado.
-¿Por qué te divorciaste?-inquirió.
-Me enteré de que mi mujer me estaba siendo infiel con un compañero de trabajo-contestó Ian-No se lo pude perdonar. Ya nuestro matrimonio estaba bastante deteriorado.
-Lo siento mucho.
-Fue un error casarme con alguien a quien casi no conocía.
            A Joan le parecía todo demasiado surrealista.
            Ian había regresado a su vida y, por lo visto, estaba libre. A pesar de todo, los dos habían cambiado. Ian tenía que reconocer para sus adentros que algo en su interior murió cuando se divorció. Fue una boda demasiado precipitada con alguien a quien casi no conocía. Se marcharon un fin de semana a Las Vegas. Se casaron allí. Ella iba vestida como Marilyn Monroe. Él se vistió como Elvis Presley. Quien los casó estaba completamente borracho. Y la noche de bodas fue un auténtico desastre, a pesar de que ninguno de los dos era virgen.
              Luego, su mujer siempre se estaba quejando. Le decía que podía ganar más dinero si se dedicaba a hacer cirugías plásticas a las famosas que curando a animales heridos y abandonados. No entendía la pasión que sentía Ian por la Veterinaria. 
                Ian pensó que teniendo un hijo su matrimonio se arreglaría. La idea se le ocurrió a su padre. Cuando se lo sugirió a su mujer, ésta se negó en redondo. En cierto sentido, Ian lo agradeció. Tener un hijo en el seno de un matrimonio desdichado habría sido casi como una condena al Infierno a aquel niño que nunca nació. Luego...Su mujer empezó a pasar mucho tiempo fuera de casa. Y, finalmente, Ian se enteró de que le estaba siendo infiel.
            Pero, al ver de nuevo a Joan, Ian tuvo la sensación de que el adolescente alegre que una vez fue seguía vivo en algún lugar de su mente.
-¿Cuánto tiempo hace que vives en Nueva York?-quiso saber ella.
-Llegué aquí antes de Halloween-contestó Ian-Soy veterinario. Decidí venirme a Nueva York porque esta ciudad está llena de animales. Mi clínica está abierta en el barrio de Queens. Puedes venir a verme cuando quieras. O puedo ir yo a buscarte al trabajo. Sólo tengo un ayudante y la clientela es aún escasa. Me estoy dando a conocer. Tengo una página en Facebook promocionándome. Poco a poco…Espero tener suerte.
            Aquella explicación no pilló de sorpresa a Joan.
            Conocía demasiado bien a Ian. Nunca había sido el típico capitán del equipo de rugby de las películas. Tenía amigos entre los empollones. Él mismo era un empollón. Le gustaban los animales. Y procuraba no meterse en líos. Su abuela decía de él que era un buen chico. Así era. Al principio, empezaron a salir casi por inercia, porque era lo que se esperaba de ellos. Sin embargo, el amor fue surgiendo casi sin darse cuenta.
            Pero ya no eran el capitán del equipo de rugby ni la animadora.
-Me imaginaba que acabarías siendo veterinario-sonrió Joan-Tenías la casa llena de animales. Una vez, abandonaste un entrenamiento porque había un gato en el campo. Lo cogiste. Y te lo llevaste a casa.
            Ian sonrió. Recordaba a la perfección aquel día, cuando decidió que quería curar animales.
-Viniste conmigo-le recordó a Joan-Me ayudaste a curarlo. No soporto ver sufrir a un animalito indefenso. Siento que debo de hacer algo por ellos.
            Joan le devolvió la sonrisa con idéntica calidez.
-Sabía que acabarías dedicándote a eso-apostilló.
-¿Por qué dices eso?-inquirió Ian.
            La sonrisa de Joan se hizo más amplia.
-Porque llegué a conocerte bien durante los años que estuvimos juntos-contestó ella-No sólo fuimos juntos a clase desde que íbamos a la guardería hasta que nos graduamos en el instituto. Fueron años sentándonos el uno al lado del otro en clase. Comiendo juntos. Viéndote entrenar mientras yo ensayaba cánticos con mis compañeras. Saliendo juntos.
            La mirada de Joan se tornó soñadora. Tuvo la sensación de que había vuelto atrás en el tiempo. Volvía a ser la animadora del equipo de rugby. La chica que dividía su tiempo entre los estudios, ir al cine con sus amigas e ir de compras. La chica que había empezado a salir con el capitán del equipo de rugby por inercia sólo para terminar enamorándose de él.
            Ian tenía la misma sensación. Tenía la impresión de que el tiempo se había detenido cuando volvió a ver a Joan y ya casi no sentía el frío que hacía en la calle a las once menos cuarto de la noche.
            Estuvieron paseando y hablando durante horas. Unas gotitas de agua empezaron a caer y Joan decidió que era hora de volver a casa. En el fondo, no le apetecía nada irse. Se estaba divirtiendo en compañía de Ian.
            A pesar de que ya eran las dos de la madrugada, Nueva York seguía llena de vida. Aún se veía a mucha gente en la calle yendo y viniendo y no sólo a los mendigos que dormían en las aceras ni a las prostitutas que estaban a la caza de algún cliente. Los carteles seguían brillando. Pero podía empezar a llover de un momento a otro.
-¿Dónde vives?-le preguntó Ian a Joan.
-Vivo por aquí cerca-respondió ella.
-Te acompaño a tu casa. No creas que quiero hacerte nada. Sólo me apetece estar un rato contigo. Seguir recordando los viejos tiempos.
            Los dos caminaron en dirección a la casa de Joan. De pronto, los planes que ella tenía para aquella noche de pasarla en soledad se habían venido por completo abajo. Era una locura creer que la vida le estaba dando tanto a Ian como a ella una segunda oportunidad. Él también había pensado que iba a pasar una noche solo en su casa hasta que la vio.
            Aún hay esperanza, pensó Joan. No volveré a ser un cobarde, pensó Ian. Algunos locales ya habían cerrado y las parejas regresaban a sus casas a proseguir con la noche. Ian se atrevió a rodear con su brazo los hombros de Joan y la atrajo hacia así.
-¿Te molesta?-le preguntó.
-No…-respondió Joan-¿Por qué me lo preguntas?
-Me siento raro cuando estoy contigo. Tengo la sensación de que he vuelto atrás en el tiempo. 
-¿A qué te refieres?
-Vuelto a sentirme yo mismo. 
-No te entiendo. 
-Vuelvo a ser un adolescente lleno de ilusiones. Tengo muchos sueños que quiero cumplir. Y me gusta la vida que llevo. Tan sólo faltaba verte de nuevo, Joan.
            Los dos caminaron de manera lenta mientras caía una fina llovizna sobre ellos. Joan no tenía ganas de regresar a su casa, pero, muy a su pesar, le indicó a Ian dónde vivía. Se detuvieron ante el portal del edificio donde vivía Joan. Ian se inclinó sobre ella y depositó un beso suave en sus labios. Los dos debían de darse algún tiempo.
            Ella le dio un beso en la mejilla.
-Puede que haya una esperanza para nosotros-opinó Ian.
            Joan asintió cuando Ian volvió a besarla en la boca. Fue un beso más apasionado que el anterior. Joan correspondió a aquel beso. Rodeó con sus brazos el cuello de Ian y pensó que la vida les estaba dando una nueva oportunidad para ser felices juntos. O, por lo menos, para intentarlo.
            Podían intentarlo.   
            Se apartó de él.
            Joan entró en el apartamento.
            Estaba muy cansada.
            Sin embargo, no tenía sueño. Se dejó caer en el sofá. Sus ojos tenían una expresión soñadora.
            Ian y ella se habían estado besando. Se habían besado muchas veces. Era como volver a la adolescencia. Cuando estaban enamorados.
            A lo mejor, el problema es ése, pensó Joan. Seguimos enamorados. No hemos tenido éxito en nuestras relaciones. Porque nos seguimos queriendo. ¡Qué locura!
            Los años habían pasado. Pero los sentimientos habían permanecido ahí desde que se conocieron. La ruptura no pudo acabar con aquellos sentimientos. Joan sonrió de manera lánguida. En medio de una epidemia de divorcios y de rupturas, ella encontraba de nuevo el amor.
            O se reencontraba con el amor.
            No dejaba de ser curioso. Había pensado que pasaría San Valentín sola. No había sido así. Se encontró con Ian. Habían caminado por las calles de Nueva York. Habían estado hablando de sus vidas.
            Ian estaba solo. Ella estaba también sola. Sus soledades se habían encontrado.
            Ya no estaban solos.
            Ian también pensaba lo mismo. Sentía sobre sus labios los labios de Joan. La boca de Joan…Los besos que él y Joan se habían dado.
            No se sentía tan solo. Su soledad se había disipado. Se había encontrado con Joan. No volvería a dejarla escapar.


 


 
FIN 

sábado, 2 de agosto de 2014

SEAN HABLA

Hola a todos.
Y, ahora, le toca el turno a Sean para hablar y contarnos su historia.
Es un poco breve, pero es poco lo que tiene que contar.

                                      Ocurrió a orillas del lago Serpentine.
                                      Tina quería hablar conmigo acerca de lo que había ocurrido dos noches antes en el baile que se celebró en Almacks.
                                     Aquella tarde, no escuchaba a Tina hablar. Tan sólo era consciente de lo hermosa que estaba. Deseaba con todas mis fuerzas poder abrazarla y no soltarla nunca.
-Tina...-murmuré.
                                    Y mis labios se posaron sobre los labios de ella. La besé con intensidad durante un largo rato que a mí me pareció demasiado corto. Fue el momento más feliz de mi vida.

sábado, 26 de julio de 2014

ESCENA ELIMINADA DE "ME OLVIDÉ DE OLVIDARTE"

Hola a todos.
En esta ocasión, os traigo una escena eliminada de mi novela Me olvidé de olvidarte. 
Consideré que la historia tenía demasiado relleno y que lo mejor para ella era quitarle algunas escenas que no aportaran nada a la trama.
En esta ocasión, quienes protagonizan esta escena son el matrimonio formado por Dillon O' Hara y por lady Cordelia.
¡Vamos a ver lo que pasa!

                                     Cordelia bebió un sorbo de su taza de té. Le gustaba tomar el té con limón. A Dillon, en lo personal, le daba asco tomar el té. Recordaba que a Catherine le gustaba tomar el té con unas gotitas de leche. Trató de apartar aquel pensamiento de su mente.
                                   Se encontraba en el salón de su casa en compañía de Cordelia. Estaba con Cordelia.
                                 Bebió un sorbo de su taza de té.
                                 Cordelia empezó a hablar. Seguía dispuesta a convertir a Dillon en un perfecto caballero. Le aseguró que apenas había empezado con él. Estaba convencida de que su esposo se convertiría en una versión mucho más joven del duque de Cleveland.
-¿Pretendes que me convierta en una copia barata de tu padrastro?-le preguntó Dillon a su mujer.
-Lord Cleveland deseaba tener hijos varones cuando se casó con mi madre-respondió Cordelia-Por desgracia, mi madre nunca le dio un hijo. En el fondo, siempre ha deseado tener un heredero varón.
                           Cordelia ignoraba lo que ocurriría con el título del duque a su muerte. Ella había sido adoptada legalmente por él. Pero no podía heredar su título. Era la hija de otro hombre. Y, además, era mujer.
-Puede que un hijo nuestro herede su título-sugirió Cordelia.
-No llevamos casados ni seis meses-le recordó Dillon-Hay tiempo para todo.
                            Estaba empezando a preocuparse por su esposa. Cordelia estaba a punto de volverse loca.
                            Deseaba a toda costa ser madre. Se lo había dicho a Dillon en cuanto se casaron. Al principio, Dillon trató de no darle mucha importancia. Pero, cuando se metía en la cama con su mujer, era consciente de lo mucho que repelía a Cordelia. Para la joven, Dillon era su marido. Estaba muy enamorada de él.
                            Pero no lo deseaba como hombre.
                            Quería tener un hijo. Dillon y ella debían de tener relaciones íntimas para conseguir engendrar un hijo. A Cordelia no le asustaba soportar los rigores de un embarazo. Ni las penurias que se sufren cuando se da a luz. Había leído mucho sobre el tema. Y se sentía preparada para todo. Pero deseaba con todo su corazón ser madre.
                             Cogió la mano de Dillon y se la besó.
-Además, eres casi una niña-añadió Dillon.
-Dentro de pocos meses, cumpliré diecinueve años-le recordó Cordelia-Y ya soy una mujer casada.
-Disfrutemos de un tiempo de tranquilidad. Luego, llenaremos la casa de chicuelos correteando por ahí y por aquí. Seremos unos buenos padres.
                         
                              Era sábado por la noche.
                             Dillon acudía todos los sábados por la noche a la habitación de Cordelia.
                             Ella le esperaba acostada en la cama. Llevaba puesto el camisón. Él, por su parte, solía desnudarse.
-¡No hagas eso!-le pedía Cordelia.
-No pasa nada porque me veas desnudo-le decía Dillon.
-¡Es horrible!
-Estamos casados, Dell.
-¡Pero está mal!
-¿No quieres que te quite el camisón? Estarás más cómoda.
-¡No, Dillon! ¡No! Déjame puesto el camisón. No quiero que me veas desnuda. Me da mucha vergüenza.
                              Dillon se metió en la cama, junto a Cordelia. Empezó a acariciarla con las manos. La empezó a besar en los labios. La besó muchas veces en los labios tratando de ser apasionado. Pero los labios de Cordelia estaban muy fríos.
                               Cordelia permaneció fría cuando sintió las manos de Dillon acariciando su cuerpo debajo de su camisón. No sintió nada cuando la besó en el cuello. Cuando llenó de besos sus hombros. Cuando le mordisqueó el lóbulo de una oreja.
                                 En ocasiones...
                                El subconsciente traicionaba a Dillon. Creía que estaba besando a Catherine. Que estaba acariciando a Catherine.
                                 Ella nunca había mostrado pudor al desnudarse delante de un desnudo Dillon. Catherine siempre había sido una muchacha muy bella. Nunca tuvo vergüenza de estar con él. Ni siquiera cuando Dillon se atrevía a chuparle un pecho. Catherine se volvió desinhibida a medida que fueron pasando los días.
                               Cordelia, en cambio, era todo lo contrario. Ya no se trataba sólo de pudor. Había mucha frialdad en su modo de actuar cuando estaba en la cama con él.



                                 Desayunaban juntos al día siguiente. Cordelia bebía de su vaso de zumo de naranja con tranquilidad. A Dillon le temblaba la mano al untar su tostada con mantequilla. Cordelia le hablaba de lo que iba a hacer a lo largo de aquel día.
-Podríamos ir juntos al teatro Empire-le decía ella-Se va a estrenar una versión de Romeo y Julieta. ¡Adoro esa obra! ¡Es tan romántica!
-¿Y cuándo vamos a dormir juntos?-le preguntaba Dillon.
-Está mal que durmamos juntos, querido.
-Mis padres dormían juntos todas las noches.
-Vienes de un lugar distinto. Pero eso no se hace aquí. Entiéndelo.

viernes, 25 de julio de 2014

TINA HABLA

Hola a todos.
¿Os acordáis de la pareja formada por Tina y Sean?
Eran dos jóvenes que contaban su historia en una serie de relatos que estaban, de algún modo, conectados entre sí.
En esta ocasión, es Tina quien habla.
Espero que os guste.

                                    ¿Cómo voy a olvidar mi primer baile en Almacks?
                                    Eleanor estaba radiante con su vestido de color negro.
                                    Yo acudí a aquel baile, deseando pasar un rato entretenido. Sean nos acompañó a Eleanor y a mí. Yo sé que a Sean no le gustan nada esa clase de eventos. Pero no quería dejar sola a su hermana. Y no sabía entonces que tampoco quería dejarme sola a mí. Lo supe más tarde. Aquella misma noche...
                                    Eleanor se sentía incómoda.
                                   Había parejas bailando en la pista de baile.
-¿Qué estoy haciendo aquí?-me preguntó en voz alta.
                                    Me llevó detrás de una columna para poder hablar más de forma relajada. Eleanor estaba nerviosa. Sentía que estaba fuera de lugar.
-No sé el porqué he venido-afirmó-Yo le llevo luto todavía a  mi marido. Tendría que estar en casa.
-Nadie te está criticando-le aseguré-¿Por qué no tratas de relajarte? No es la primera vez que acudes a un baile.
-Es la primera vez que acudo a un baile desde que me quedé viuda. Y no es justo.
-Lo que no es justo es que te encierres en vida.
-Soy una mujer viuda. Ya no soy una niña.
-Pero puedes volver a casarte.
-¿Cómo puedes pensar en eso? Yo siempre amaré a mi marido. Aunque ya no esté.
-Tú misma lo has dicho. Ya no está.
                               Entonces, Sean se acercó a nosotras. Me invitó a bailar. Yo pensaba que se trataba de una cortesía. De modo que acepté su invitación a bailar.
                               La orquesta atacó con un galop. Se trata de una pieza musical muy rápida. No estoy acostumbrada a bailar esta clase de piezas.
                              Al bailar el galop, tuve la sensación de haberme convertido en un caballo. Los pasos de este baile me recuerdan a los caballos cuando van al galope.
-¿Te cansas?-me preguntó Sean.
-¡Es muy divertido!-respondí-Pero parezco un caballo. Aunque mi padre quiera venderme como una yegua.
                              Dimos pequeños saltitos. Finalmente, la pieza acabó. Yo estaba extenuada.
                              Miré mi libreta de baile. Estaba todavía vacía. Tan sólo tenía apuntado el nombre de Sean. Para sorpresa mía, Sean me invitó a bailar con él otra pieza.
-No deberías de hacer eso-le regañó suavemente Eleanor.
-Tina es amiga tuya-le recordó Sean-Prácticamente, la he visto crecer. No pasa nada.
                                Acepté bailar una nueva pieza con Sean. Él me cogió la mano y me la besó con reverencia. Me condujo a la pista de baile.
                                  Empezamos a bailar. De pronto, me sentí mareada.
-¿Te encuentras bien?-me preguntó Sean.
                                  Era el estar tan cerca de él lo que me mareaba. Me trastornaba. No sabía el porqué me sentía así. Sólo sabía que estaba bailando con él. Y que me gustaba la sensación de sentir que los dos flotábamos en el aire.
-Me he mareado un poco-respondí.
-¿Quieres que salgamos a tomar un poco el fresco?-me sugirió.
-No podemos dejar sola a Eleanor.
-Le diré que vamos un momento fuera. Regresaremos enseguida.
                               Vi a Eleanor fruncir el ceño cuando Sean fue a su encuentro y le comentó que me iba a sacar al jardín a tomar el fresco porque me había mareado. No sé lo que pensó Eleanor. Pero no le agradó mucho la idea. A pesar de todo, Sean y yo salimos fuera. Me sentí mejor al sentir el fresco de la noche dándome de lleno en la cara.
                               Pero no estaba sola. Sean me sujetaba con suavidad del brazo. Y yo podía sentir el calor que desprendía su cuerpo. Su olor...Todo...
                                Fue, en ese momento, cuando todo cambió. Sean me besó por primera vez. Y fue un beso muy dulce.

miércoles, 16 de julio de 2014

UNA IMAGEN DE ERIN ELINOR DASHWOOD

Hola a todos.
Aquí os traigo una foto de la actriz Emily Blunt.
Aparece dando vida a uno de los personajes más fascinantes que ha dado la historia: la Reina Victoria. Interpretó a la Reina en su juventud en el film La joven Victoria. 
Emily Blunt es muy parecida en el físico a como yo me imagino a uno de los personajes de Mía Stella. 
Se trata de Erin Elinor Dashwood, la hermana mayor de la protagonista, Estelle Dashwood.
En el físico, Erin es de cabello castaño. Lo tiene largo. Es una joven romántica. Sus ojos son de color azul cielo. Está considerada como una de las bellezas de Calcuta.
Juzgad vosotros mismos.

jueves, 5 de junio de 2014

ACERCA DE TINA Y SEAN

Hola a todos. 
Este pequeño fragmento de la historia de amor de Tina y Sean está narrado en tercera persona. 
Espero que os guste.  

              Después de su boda, Tina y Sean se fueron a vivir a la pequeña isla de Kitterland, cerca de la isla de Man.
-¿Eres feliz?-le preguntó Sean a Tina durante el trayecto hasta Kitterland. 
               Viajaron en una barca alquilada. Tina miraba a su alrededor. 
-Soy la mujer más feliz del mundo-respondió la joven.
                El viaje hasta Kitterland se le estaba haciendo largo. 
-Aún no me puedo creer que nos hayamos casado-se maravilló Sean. 
                Tina esbozó una sonrisa. Ella tampoco se lo creía. Era la esposa de Sean. 
                El continente estaba en guerra. Todo el mundo parecía estar enfrentado con todo el mundo. Lord Smith era un vehemente enemigo de Napoleón, si bien no pensaba viajar a la Península a luchar contra él. Prefería quedarse sentado en el sofá del salón de su mansión en el lujoso barrio de Mayfair. Tina frunció el ceño al pensar en su padre. 
-Todo irá bien a partir de ahora-le aseguró su marido. 
                 Tina se detuvo en aquel pensamiento. Ahora, Sean era su marido. Y ella era su mujer. Iban a pasar el resto de sus vidas juntos. Tina pensó en Eleanor. Se dijo así misma que Sean no era como Cliff, el marido de su mejor amiga. Sean nunca le sería infiel. Nunca le haría daño. Podía confiar en él completamente. 
-Te quiero mucho-le aseguró Sean. 
                   Tina sonrió. El sueño de su vida se había hecho realidad. 
                   Sean y ella estaban casados. 




Es un fragmento más bien corto. No he podido escribir más. 



martes, 3 de junio de 2014

UNA REFLEXIÓN DE TINA

Hola a todos.
Seguimos con nuestros queridos Tina y Sean.
En esta ocasión, hago hincapié en el diario de Tina.
Éstas son sus reflexiones acerca de la Guerra de la Independencia, una guerra que le toca de cerca.

     5 DE MARZO DE 1812

           El estallido de la guerra había hecho que se diera cuenta de que había estado viviendo en una farsa. Todo el mundo parecía ser feliz…todo el mundo parecía quererse. Y no era cierto. En el frente, miles de hombres estaban muriendo a diario, víctimas de un disparo. Los pobres inocentes iban al frente después de que les prometieran la Gloria…Y lo único que conseguían era recibir un tiro que los mataba o los dejaba en una silla de ruedas, o en la cama de un hospital de campaña…
                  La gente ya no miraba a los demás con lupa. Estaban demasiado preocupados por salvar el pellejo que por lo que hacían o dejaban de hacer. Por mal que estuviera decirlo, en cierto modo, la guerra me ha hecho libre. Está mal que lo diga. Pero es así como me siento.
                 Recuerdo que Cliff, el marido de mi amiga Eleanor, se alistó en el Ejército porque deseaba luchar contra los franceses. Ya ostentaba un cargo de gran relevancia en el Ejército en la época en la que mi mejor amiga lo conoció. Era capitán. Y también era espía. Se mostraba reservad en aquel aspecto con Eleanor.                  Creía que estaba haciendo algo bueno por su país. De nada le sirvieron las súplicas de su madre y de su abuela para disuadirle. Estuvo en Inglaterra el tiempo justo para conocer a Eleanor. La cortejó de manera rápida. Su compromiso fue breve. Se casaron enseguida.
              Cliff acabó marchándose. De aquello hacía casi dos años. Durante el tiempo que estuvo en la trinchera, cayó enfermo. No había suficiente medicinas para tratarle. Y tampoco había comida. Hacia unos pocos meses, apareció muerto tras una noche de intensa nevada. A Eleanor le dijeron que su marido había muerto luchando, de una bala que le alcanzó en el pecho disparada por un alemán. Varios compañeros de su esposo le dijeron, tiempo después, que fue asesinado por un superior. Le descubrieron desertando y el superior le disparó. Aquella noticia afectó de manera muy profunda a mi mejor amiga. Su marido quería desertar porque no quería morir de hambre y de una enfermedad mal curada (una neumonía) en el frente. Su destino había sido muy parecido al de otros soldados. Yo había oído casos de muchachitos que eran enviados al frente de donde volvían medio locos, o con un brazo o una pierna amputados. Otros regresaban muertos. La vida era muy corta. Y la guerra la acortaba aún más. Por eso, he decidido vivir la vida. Y lo haré a su estilo.
                   La historia de la neumonía fue la historia oficial que le contaron a Eleanor. La realidad fue bien distinta.
                   Eleanor me lo contó a principios de año. Fue antes del inicio de mi relación con Sean.
                  Ya habían pasado los festejos de Navidad.
                  Eleanor y yo salimos a dar un paseo. Fuimos a Hyde Park Corner.
-¡Me han mentido!-me confesó Eleanor muy nerviosa.
-¿En qué te han mentido?-la interrogué.
                  Yo no sabía a qué se estaba refiriendo mi amiga. Eleanor estaba llorando.
-Me dijeron que Cliff había muerto de una neumonía y no fue así-contestó hipando-Se batió en duelo por una ramera. ¡Con un compañero de armas! ¡Me siento humillada!
-No puede ser-le dije, conmocionada-Tu marido era un héroe.
-¡Era un maldito putero! Fue un compañero suyo de armas el que me ha escrito contándomelo todo. Sólo Sean lo sabe.
-¡Tiene que estar mintiendo!
-Fue el compañero que le disparó y que le mató. Por lo visto, compartían la misma ramera mientras que se negaba a que yo fuera con él al frente siguiéndole. Estaban borrachos. Mi marido estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte durante días. Por eso, me contaron la mentira de la neumonía. Estaba agonizando por una herida de bala.
                   Eleanor rompió a llorar.
-¿Estás segura de lo que dices?-le pregunté, incrédula.
                    Le tendí un pañuelo que saqué de mi bolso. Eleanor se secó las lágrimas con el pañuelo.
-La puta por la que se batieron a duelo vino a verme y también me lo contó-respondió con mal disimulado odio-Cliff me juró que me amaba. Me juró que no había otra mujer en su vida. ¡Y me mintió!
                    Apretó con rabia el pañuelo.
-Ellie, no lo sabía-le aseguré-Te juro que soy la primera sorprendida por todo lo que me estás contando. Yo sabía que tu matrimonio no había sido precisamente un matrimonio feliz. Cliff prácticamente te tenía encerrada en su casa solariega. Nunca pensé que sería un marido infiel.
                    Eleanor apretó los labios. Su cara reflejaba una honda amargura.  
                    No supe qué decir.
-¿Cómo te encuentras?-le pregunté, al cabo de un rato.
                    Nos detuvimos.
-Me encuentro mal-respondió Eleanor con tristeza.
-¿Y qué sientes en estos momentos?-inquirí.
-Siento una gran rabia. Una honda tristeza...Y mucho odio...