domingo, 4 de enero de 2015

HISTORIA DE UN ESPEJO

Hola a todos.
Aquí os traigo la segunda parte de mi relato Historia de un espejo. 
Entre mañana y pasado haré un parón en todos mis blogs para recibir a los Reyes Magos y espero continuar con este relato a partir del día 7.
Espero que os esté gustando esta historia con la que he recibido este año.

                             Al estar mucho tiempo encerrado en un cajón, lo único que me queda es recordar el pasado y evocar lo tranquila que era la vida cuando yo era aún un espejo más y vivía con mi padre, el buen Draco. Que yo sepa, nunca tuvo tratos con mujeres. La única mujer que se le conoció era Sura, pero, al estar presente en cada uno de sus encuentros, puedo jurar por los dioses del Olimpo que entre ambos no hubo nunca contacto sexual. Obviamente, como pasaba mucho tiempo metida dentro de casa y salía mucho con mi padre, la gente de la aldea solía hacer comentarios y debo de decir que la mayoría lo hacían con toda la mala intención del mundo porque entre mi padre y Sura sólo hubo una sincera amistad. Creo que mi padre era la única persona buena que Sura había conocido fuera del ambiente de la taberna y quizás, por eso, lo apreciaba más. Lo que nunca supe fue si ella había estado enamorada en alguna ocasión o si alguien la había amado, pero ella sólo conocía del sexo su lado sucio, no la pureza que trae consigo cuando se practica con amor. Me daba pena porque sólo conocía de la vida su cara más violenta. Y mi padre le aportaba el cariño que se merecía. Reconozco que llegué a quererla. De haber sido humano, me habría enamorado de ella. Era una mujer inteligente, de una sabiduría que da la vida, no los libros.
            No sé a ciencia cierta el tiempo que hacía que Sura y mi padre eran amigos. Supongo que fue desde antes de crearme porque mis primeros recuerdos son de ella dentro de la casa. Mi padre, el buen Draco, era un hombre que debía de haber sobrepasado los sesenta y cinco años. Pertenecía a una clase social que aquí se llama media, pero que en Roma era conocida como plebeya. No creo que estuviera enamorado de Sura. He oído comentarios acerca de que a mi padre no le gustaban las mujeres, sino los hombres, aunque no sé si esto era cierto o no. Lo único que sé era que muchas veces salía de casa por la noche y no volvía hasta bien entrada la mañana, con algún pedazo de túnica que sus dedos apretaban.
            Draco era muy gordo. Tenía las manos y la cara cubiertas de pecas. El cabello era gris, pero he oído que lo tenía rubio en sus años mozos. Tenía los dientes sucios, como la mayoría de los plebeyos, y los enseñaba con mucha frecuencia porque era un hombre muy risueño. También era bueno y amable con todos. Y, cosa importante, tenía fama de ser un hombre honrado.
            Recuerdo una conversación que mantenían mi padre y Sura mientras tomaban un vaso de vino. Recuerdo que ella llevaba puesta una túnica blanca que le llegaba hasta los tobillos, cubría sus hombros con un chal del mismo color y un pequeño manto del mismo color; parecía una aparición. Recuerdo que mi padre llevaba aquel día una túnica de color marrón oscuro de manga larga.
- La gente ya dice que somos amantes porque siempre vienes a verme cubierta de mantos para que nadie te reconozca- le espetó mi padre.
- Mi hombre sería capaz de... matarte si sabe que yo... –La voz de Sura se quebró ante la idea.
- Me duele la garganta de pedirte que abandones a Nodux y te cases conmigo.
- Eres un buen hombre, Draco, pero los sentimientos que nos profesamos son distintos del amor pasional; sería una unión muy desdichada.
- Sé de matrimonios que ni siquiera sienten un cierto grado de cariño entre ellos. Nosotros somos buenos amigos y yo te protegería.
- Pero, a la larga, aunque nos fuéramos de aquí y nos mudásemos a Hispania, seríamos muy desgraciados porque podría ser que yo conociera a un hombre del que me enamorase o que tú conocieses a una mujer de la que te enamorases; si estamos casados, no podríamos unirnos a aquellos a quienes amamos sinceramente, Draco.
- Eres una buena mujer, Sura; eres sincera y honrada y, tal vez, por eso, te quiero todavía más.
            Al oír aquella frase, deseé que entre ambos surgiera el amor que hacía que las personas se casasen.
- Agradezco de todo corazón tus cumplidos, pero la vida me ha enseñado a que hay muy pocas personas buenas en el mundo, ni siquiera yo soy buena- se lamentó Sura.
- Debo deducir por tus palabras, y si no me equivoco, que soy la excepción que confirma la regla; el único hombre bueno que queda en el mundo- Mi padre hablaba en tono jocoso, y Sura se echó a reír.
            Tenía una risa tan dulce, tan alegre...
- No es porque me gusta verte presumir, pero lo cierto es que tú eres una de las pocas buenas que he conocido... y a la que más quiero- confesó Sura.
            Se levantó, se acercó a mi padre, se sentó en sus rodillas, le rodeó el cuello con los brazos y le llenó el rostro de alegres besos mientras él no dejaba de reír como un chiquillo travieso.
- No somos viejos todavía, mi querida amiga, y estoy seguro de que aún estamos en edad de concebir un vástago o dos o tres si tú quieres; me siento aún joven y viril y tú eres aún una mujer hermosa que puede volver loco de deseo a cualquiera- bromeó mi padre.
- En la aldea, nuestra relación se ha convertido en la comidilla de todas las matronas plebeyas, no por nuestras acciones, sino porque somos una mujer y un hombre, con edad de ser abuelos, que se ven todos los días como si fueran amantes- apostilló Sura.
- Pero todos aquellos que nos critican deben de ser los mayores imbéciles del Imperio porque no saben que tú y yo nunca nos hemos dado un beso en la boca y mucho menos mantenido relaciones carnales, aunque aquí es lo típico.
            En nuestra aldea todos estábamos al corriente de la vida licenciosa que llevaban varios de los nobles de la Corte, pese a que Constantino, nuestro Emperador en aquel entonces, no hacía mucho que se había convertido al cristianismo.
- Pronto, el ser cristiano será obligatorio en Roma- dijo Sura, volviendo a sentarse en su silla.
- Recuerdo que, cuando era pequeño, mi padre nos contó a mis hermanos y a mí historias de cómo los cristianos eran llevados al Coliseo para que los leones se los comiesen o los crucificaban o les sometían a otras torturas- recordó mi padre.
- Dicen que la madre de Constantino, la Emperatriz Helena Flavia, la que ha tenido que ver en este cambio.
-¿Qué sería lo que halló la Emperatriz en su viaje a Belén para provocar un cambio tan radical en el Imperio?
            Dicen que la Emperatriz Helena Flavia había hallado el lugar donde nació el fundador del movimiento cristiano, Jesús de Nazaret. Por lo que sé, Jesús de Nazaret había nacido en un pesebre, pero la Emperatriz, tras descubrirlo, había decidido crear una Iglesia en el lugar en el que éste había nacido.
- Puede que termine convirtiendo al cristianismo si el Emperador decide que sea la religión oficial del Imperio- confesó Sura- y lo hago porque Júpiter y los demás dioses me han decepcionado profundamente.
- Yo nunca he creído en ellos, sino en los lares; ellos han sido siempre los que han protegido mi hogar y han mantenido a mis espejos fuera del alcance de cualquier ladrón- afirmó mi padre.
-¿Te convertirías al cristianismo si el Emperador lo ordena?
- Supongo que me convertiré, pero trataré de entender el dogma y escuchar a los maestros que la enseñan y, por supuesto, rezar mucho para que nazca en mí la fe cristiana.
            Sura terminó diciendo que ella sentía ya algo de fe, porque pensaba que era el Dios cristiano el que había hecho posible que mi padre y ella se conocieran.
            Era aún de día cuando los dos mantuvieron esta charla y en la calle se podía oír a los niños jugando y riendo, y me los imaginé jugando a perseguir a través del bosque, saltando entre los troncos caídos de los árboles... En mi fuero interno, cuando aún era un espejo normal, deseaba ser un niño, y reunirme con los otros niños para jugar con ellos.
            Esa noche, su cena se limitó a comerse un racimo de uvas cada uno y unas cuantas naranjas. La cena transcurrió casi en silencio porque, según pienso, mientras bebían se habían dicho todo lo que tenían que decirse. Entre uva y uva, juro que oí como Sura tarareaba una canción, aunque nunca supe cuál era.
- Eres encantadora, ¿lo sabías?- la piropeó mi padre.
            Ella tragó el trozo de naranja que se había llevado a la boca.
- Y tú eres un adulador maldito- apostilló Sura con una sonrisa.
            Como se dice vulgarmente, entre ellos había mucha química. Lo noté mientras cenaban.
-¿Alguna vez has estado enamorado de alguien, Draco, o no sabes lo que es eso?- le preguntó Sura.
- Por supuesto que he tenido mis historias de amor; si no hubiese sido así, me hubiese bebido un vaso grande de cicuta hace mucho tiempo- respondió mi padre.
- Pues tienes mucha suerte, amigo mío, porque yo nunca he sabido lo que es amar a una persona y que me amen como creo que me merezco.
-¡No hables así! Tienes mucha vida por delante.
- Soy una mujer que hace mucho que pasó de los cincuenta y que se está acercando peligrosamente a los sesenta, la gente escupe a su paso cuando la ve por la calle y a la que lo único que le ha dado la vida ha sido miseria, palos, abusos y mierda.
            Si algo había que odiara mi padre era la autocompasión, pero no sabía qué hacer para animar a su amiga y eso le hacía compadecerse de sí mismo.
            Sura se quedó a dormir muchas veces en casa y esa noche no fue una excepción. Pero, al contrario de lo que muchos podrían pensar, no dormía en la misma cama que mi padre. Parecerá raro, pero tenía un jergón (era lo único que tenían para dormir) instalado en el cuarto donde mis hermanos y yo nos amontonábamos. También había mantas. Sura usaba para dormir un sencillo camisón de hilo blanco largo hasta los tobillos. Mi padre le daba un beso en la frente y le deseaba que tuviera unos felices sueños  antes de irse a su cuarto. Nunca supe el porqué Sura tenía el extraño capricho de dormir rodeada de espejos ni traté de hacer conjeturas. La aldea en la que vivíamos estaba situada a varios kilómetros de Roma y la Ciudad Imperial estaba llena de personajes y hechos aún más raros que dormir en un cuarto lleno de espejos.
            Antes de acostarse, Sura pasaba un buen rato asomada a la ventana que había en el cuarto donde nos apiñábamos, con la mirada fija en un punto perdido de un cielo lleno de estrellas y en el que la Luna aparecía a lo alto.
            Luego, suspiraba, se encogía de hombros, se dirigía al jergón, se dejaba caer en él, se cubría con las mantas y se dormía profundamente hasta el día siguiente.
            ¿Tendría pesadillas con su vida pasada y presente? Esa era una de las múltiples preguntas que me acechaban mientras la espiaba dormida. Sabía que Nodux la obligaba a trabajar, pero era él el que se quedaba con todas sus ganancias. Compadecía a Sura por todo el sufrimiento por el que estaba pasando y deseaba con toda mi alma ser hombre para rescatarla del infierno que estaba viviendo. Sin embargo, cuando la veía dormir, estaba tan tranquila, tan dulce y tan serena que me parecía mentira que fuera un ser tan maltratado por la vida.
            Algunas veces, juro que la oí llorar. O puede que lo soñase. Oía unos lamentos en voz baja y unos sollozos ahogados. Sin embargo, nunca supe si era Sura que lloraba o si era algún gato que maullaba en el tejado.
            Siempre que venía a ver a mi padre, Sura se limpiaba todo el maquillaje que llevaba en la cara y estaba mucho más guapa. Pero dormida, sus facciones se serenaban y se dulcificaban de tal manera que la hacían mucho más bella y yo pensaba que la mitad de las damas patricias del Imperio hubieran matado por tener una piel tan tersa y delicada como la de ella. Unas espesas y claras pestañas ocultaban sus ojos claros. Solía dormir con el pelo suelto, lo cual le daba un aire aún más conmovedor. Las manos eran pequeñas, pero tenían unas arrugas que demostraban el sufrimiento que vivía.
            En una ocasión, se fueron a dar un paseo. Los dos vestían unas largas túnicas rojas y ella iba velada, como de costumbre. Me imaginé que iban alquilarían una litera que dos fuertes esclavos llevarían sobre sus hombros y que darían un paseo triunfal por las calles de la aldea, como si fueran el Emperador Constantino y su esposa. La gente se quedaría atónita al verlos pasear por la calle como si hubieran llegado a lo más alto y sentirían una profunda envidia por ellos o un profundo dolor por haberlos insultado debido a las supuestas inclinaciones sexuales de mi padre y al triste trabajo y al horrible pasado de Sura. Supuse que descorrerían las cortinas moradas que adornaban la litera y, mientras se acomodaban en los cómodos cojines del interior, saludarían a la gente como sólo un patricio puede saludar a un plebeyo: con gran desdén. En el interior de la litera, ellos sentirían el ligero vaivén porque estaba siendo llevaba por dos siervos, pero no les importaría.
            Y pensé en lo deprimente que era que Sura tuviera que verse muchas veces reflejada en mí para arreglarse y volver a la mala vida al lado del horrible Nodux.

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