sábado, 21 de noviembre de 2015

ECOS DEL PASADO

Hola a todos.
Aquí os traigo un nuevo fragmento de mi blog novela "Ecos del pasado".
Cualquiera diría que las cosas se han puesto fáciles para Charlotte y para Alexander tras la muerte del prometido de ella.
Sin embargo, el principal problema radica en el carácter terco de Charlotte. ¿Qué va a pasar?
¡Vamos a descubrirlo!

                                       Alexander...
                                      Será mejor que no nos volvamos a ver. Cuando nos crucemos, fingiré que no te conozco. 
                                     Es lo mejor para los dos. No soy la clase de mujer que te convenga. Soy una maldita cobarde. Perdóname. 

                                  Alexander no era capaz de ver aquellas líneas.
                                  Recordaba que, cuando se despertó, tras la última noche de amor que vivió con Charlotte, ella ya no estaba. Estaba desnudo, acostado sobre la hierba.
                                  No había ni rastro de Charlotte. Su ropa, que habían quedado esparcidas por el suelo, habían desaparecido.
                                   Sin embargo, sí recordaba el sabor en su lengua de la piel de la joven. Sus manos recordaban la suavidad con la que la había acariciado. Con la que le había abrazado. Recordaba cómo la había besado.
                                   No había sido un sueño. Había sido real.
                                   Tenía razón Charlotte cuando afirmaba ser una maldita cobarde. Ni siquiera había ido a verle para darle aquel adiós definitivo. Le había escrito una carta.
                                   Era una misiva en la que apenas había cuatro líneas escritas con mano temblorosa. Se dijo a sí mismo que estaba siendo egoísta. Charlotte tenía motivos para querer apartarse de su lado.
                                  Habían pasado varios días desde que recibió aquella maldita carta. Días en los que no había parado de beber, encerrado en la biblioteca. Días en los que no había dejado de llorar.
                                  Debía de respetar la decisión que Charlotte había tomado. Debía de mantenerse alejado de ella.
                                  En los momentos en los que el alcohol nublaba su sentido común, Alexander, incluso, había llegado a llamar a gritos a Charlotte. No podía llegar a maldecirla ni a proferir ningún insulto ni ninguna amenaza contra ella. En su corazón, sólo había amor hacia aquella mujer.
                                 No lo entiendo, pensó, tirado en el suelo. Debería de estar contenta. Ya no se va a casar con ese hombre. Podría casarse conmigo.
                                Se detuvo en aquel pensamiento. Charlotte no quería casarse con él. Le consideraba un traidor. Sin embargo, Alexander no podía renunciar a sus ideales. Entonces, sí que sería un traidor. No podía escoger entre Charlotte o su lucha por un mundo mejor. Si las ideas de la Revolución eran puestas en práctica en Inglaterra, el país mejoraría. Nunca vio con buenos ojos el ajusticiamiento de los Reyes. Después de todo, no dejaban de ser seres humanos. Sin embargo, Charlotte entendía lo que la Revolución significaba. Significaba un mundo mejor. Donde todas las personas eran tratadas como iguales. Donde no existían sirvientes y amos. Era la clase de mundo donde él quería vivir.



                                Martin se despidió de Melinda dándole un tierno beso en los labios.
                                Había ido a verla y habían pasado una hora conversando en el salón. Martin no veía la hora de convertir a Melinda en su esposa.
                               Charlotte había estado presente durante el tiempo que duró la visita.
                               El futuro compromiso de su prima con el joven marqués le servía de distracción.
                               Al menos, no pensaba en Alexander. No quería salir de casa. Su padre lo achacó a que le estaba guardando luto a lord George. Cada vez que pensaba en su prometido, Charlotte se sentía terriblemente culpable. Nunca había estado enamorada de él. No quería comer. No podía dormir por las noches.
                                Echaba de menos con todas sus fuerzas a Alexander. Si se quedaba dormida, sabía que acabaría soñando con él.
                                Estaba protegiendo a su familia. Su padre sufriría de saber que su hija había sido la amante de un traidor. O seguía siendo la amante de un traidor.
                                Debía de pensar en él.
-Es imposible no quererle-afirmó Melinda cuando Martin se marchó-Es el hombre más maravilloso del mundo. Sólo espero ser una excelente esposa para él.
-¿Eso significa que te vas a casar con él?-le interrogó Charlotte.
-He empezado a darme cuenta de que mis sentimientos hacia Martin han variado. Me aterra la idea de no volver a verle. Y me siento muy a gusto cuando estamos juntos.
-Es posible que el amor haya vuelto a tu vida.
-Es posible. Martin es maravilloso. Sé que puedo confiar en él. ¡Y es tan bueno, Charlie!
-Mereces ser feliz, prima.
-Gracias...


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