sábado, 25 de julio de 2015

ECOS DEL PASADO

Hola a todos.
El fragmento de hoy está centrado en la figura de la prima de Charlotte y su mayor consejera, Melinda.
Veamos qué pasa por su mente.

                                 Melinda buscó refugio en la biblioteca de la enorme casa de sir Héctor. Su tío había recibido a un hombre con el que pensaba hacer negocios. Charlotte, por su parte, había ido a visitar a una de sus amigas. Melinda se había quedado sola. Ya no recordaba la última vez que visitó su antiguo hogar, en Castle Combs.
                            Había pasado allí su infancia. Había sido una niña feliz hasta que sus padres murieron, siendo ella muy pequeña. Su madre falleció cuando Melinda tenía cuatro años y apenas guardaba recuerdo alguno de ella. La recordaba como una mujer de constitución frágil que siempre estaba enferma. Más tarde, su padre falleció mientras montaba a caballo. Por aquel entonces, Melinda tenía diez años.
                          Su padre siempre la llevaba con él cuando salía de cacería. Hacía mucho tiempo que no montaba a caballo.
                          Su padre se reía cuando la veía subida a lo alto de un árbol. Decía que le gustaba verla correteando por el jardín.
                          Entonces, Melinda se sentía en una nube.
                          Se acercó a una estantería. Se quedó mirando con aire ausente los libros que había allí y que pertenecían a sir Héctor.
                           Pero, entonces, encontró al hombre al que amaría eternamente. Pensó que se casarían algún día. Pero no tardó en despertar a la realidad.
                           El hombre al que amaba más que a su propia vida, en realidad, no estaba enamorado de ella. Tuvo que agradecerle que fuera sincero.
                           Acudió a verla una tarde y tomaron el té juntos. Melinda pensó que quería hablarle de los preparativos de la boda.
                            Pero su prometido tenía otros planes. Lo vio cansado y ojeroso.
-¿Qué te ocurre?-le preguntó.
                           El duque decidió sincerarse con ella. Le confesó que no la amaba. Y que no podía casarse con ella.
-¡Pensé que me amabas!-le espetó Melinda, dolida-¡Yo sí te amo!
-Eres una joven maravillosa, Melinda-le aseguró el duque-Lo siento mucho.
                          Había pensado que ella sería la mujer idónea para ser su esposa. Después de todo, Melinda era una auténtica belleza. Tenía unos ojos realmente hermosos y carecía por completo de experiencia en lo relativo al amor.
                          Pero no sentía nada cada vez que la besaba.
-Es mejor que rompamos-prosiguió el duque-La culpa ha sido mía. Te mereces a alguien mejor que yo. Por favor, perdóname.
-¡Intenta, al menos, quererme un poco!-le imploró Melinda, desesperada.
-No puedes conformarte con las migajas. Y yo sólo puedo darte eso. Migajas...
                          Intentando apartar aquellos malos recuerdos de su mente, Melinda cogió un libro.



                             Leer me distraerá un poco, pensó.
                             No podía ser feliz. Pero, al menos, intentaría ayudar a Charlotte a ser feliz.
                             Sonrió para sus adentros. Las tornas se habían cambiado. La impulsiva Melinda estaba intentando ayudar a Charlotte. Su comedida prima...

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