sábado, 29 de agosto de 2015

ECOS DEL PASADO

Hola a todos.
Hoy, os traigo un nuevo fragmento de Ecos del pasado para no perder las buenas costumbres.
En esta ocasión, veremos algo que ocurrió mientras que Alexander estaba fuera de la isla: su visita a lord Valiant a la cárcel.

                                      Alexander entró en la prisión de Newgate maldiciendo el nombre de Valiant. Aquel lugar estaba lleno de los peores criminales. Pero también le sorprendió ver a hombres que estaban presos por haber robado comida en una tienda. A hombres que habían sido expulsados de las casas en las que vivían con sus familias por no ser capaces de pagar el alquiler.
                                    Lord Valiant estaba en una mugrienta celda. Otros tres hombres que también estaban presos les hacían compañía. Eran un asesino, un ladrón y un hombre que estaba allí tras haber robado una tarta de la pastelería. Lord Valiant estaba muy delgado.
                                   Era una galería donde había mucho ruido. Los presos y los guardias gritaban. Se escuchaba el sonido de los golpes que una persona le propina a otra cuando se le golpea. El estómago de Alexander se encogió. Lord Valiant tenía los dos ojos amoratados.
-¡Son unos hijos de puta!-exclamó Alexander, lleno de rabia-¿Y sigues pensando en ir a luchar por defenderles?
-No les defiendo a ellos-contestó el aristócrata con voz cansada-Defiendo a Inglaterra.
-¡Es lo mismo!
                                  Lord Valiant estaba muy cansado. Sus huesos estaban doloridos. Llevaba durmiendo en el frío y duro sueldo de la celda desde hacía una semana. Ni siquiera tenía una manta con la que taparse.
                                  En su fuero interno, le daba la razón a Alexander.
                                  A través de los barrotes de la celda, le cogió la mano.
                                  Se alegraba muchísimo de verle.
                                  Ni uno solo de sus compañeros de armas había ido a visitarle. No estaba allí por ningún asunto relacionado con la guerra contra Francia ni por su amistad con Alexander. Estaba allí por culpa de su mala cabeza.
-Eso te pasa por ser tan putero-afirmó Alexander.
-No fue ni siquiera culpa de ella-se sinceró lord Valiant con la voz cansada-No puedo culpar a mi corazón porque no estaba enamorado de ella. Tan sólo la deseaba. No paré hasta que no la seduje.
                                   Ni siquiera se había tratado de seducirla como parte de su trabajo como espía. Era cierto que lord Valiant había usado sus dotes de seducción para conseguir información a las esposas de los altos mandos franceses.
-Esta vez fue distinto-añadió el hombre.
-Te sorprendieron con esa dama-observó Alexander.
-Fue Wellington. Él nos encontró juntos.
                               El asunto era grave. Lord Valiant se había encaprichado de la sobrina de aquel narizotas, pensó Alexander refiriéndose a Wellington de manera despectiva. No había pensado en que se trataba de una mujer casada. No había pensado en que se trataba de la sobrina del hombre al que lord Valiant decía admirar. No podía acusarse de nada a aquella dama. Era una patriota exaltada que hablaba de cortarle la cabeza a Napoleón.
-¡Te juro que no llegamos a consumar nada!-insistió lord Valiant-¡Intenté decírselo al Comandante! Pero me ignoró.
                              La desesperación del hombre era más que evidente. Grandes sombras oscuras surcaban sus ojos.
                              Uno de los que estaban allí presos insultó a lord Valiant. Por lo visto, se la acusaba de ser un traidor. Valiant le había acusado ante lord Wellington de traición a favor de Francia.
                               Pero era inocente. Alexander se apartó de lord Valiant.
                               Le vio más delgado. Estaba muy pálido. Lord Valiant le explicó que no comía nada desde hacía días. Sabía que no saldría de la cárcel durante mucho tiempo. Incluso, le habían degradado. Había sido expulsado del Ejército con deshonor. Alexander pensó, durante una fracción de segundo, en pedirle que se uniera a su causa.
                               No tardó en descartar aquella idea de su mente. Lord Valiant era tan fiel a aquel narizotas de Wellington que, a pesar de lo que le había hecho, no dudaría en hacer cualquier cosa con tal de recuperar su favor. Incluso, traicionando al joven del que decía ser amigo.
-¿Cuándo será el juicio?-quiso saber.
-No habrá juicio-contestó lord Valiant, dejándose caer al suelo.
-¿Y qué van a hacer contigo?
-No lo sé.
-¡Le van a colgar por las pelotas!-exclamó el asesino que era compañero de celda de lord Valiant.
                              El ladrón se echó a reír de manera histérica.
-Vendré a verte dentro de unas semanas-le anunció Alexander a lord Valiant.
-Váyase de aquí, muchacho-le pidió el hombre que estaba allí por haber robado una tarde-Este lugar es el Infierno. No hay salvación posible para el que entra en Newgate.
                                Alexander miró por última vez a lord Valiant. Y vio a un hombre que había sido derrotado.



                                          Era ya de noche cuando salió fuera de la prisión.
                                          Se dirigió a la posada donde se hospedaba, situada en Petticoat Lane. Había viajado a Londres sólo para visitar a lord Valiant, tras enterarse de que había sido arrestado.
                                         Buscó en su maleta los papeles que le había entregado su contacto.
                                         Era un mensaje encriptado. Hacía ya dos años que servía al Servicio de Inteligencia Francés. Dos años...
                                         Dos años que habían transcurrido muy deprisa.
                                         Estaba contento con la labor que desempeñaba al servicio del Gobierno Francés. Pero lo único que le quedaba para sentirse realmente feliz era recuperar a Charlotte.

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